Sonó el clarín para anunciar cambio de tercio.
"Con el permiso suyo, Sr. juez."
"¡Hey guapa! ¡Esta va por usted, que éste sí que tiene trapío, de aquí, os digo, sale uno de los dos vivo, y si ha de ser él, que salga en cuatro patas! ¿He guapa? ¡Que usted se encarga de eso, y que Dios reparta suerte, guapa!"
Miroslava se paró y recibió la montera que cayó violentamente entre sus manos. Ella elegantemente se sentó, levantó la ceja izquierda y agitó la cabeza levemente hacía atrás lo que hizo que su coleta se moviera un poco, en señal de agradecimiento y coquetería, pero nunca le sonrió. Aunque sí lo hizo por dentro.
Se veía demasiado atractivo ataviado en ese traje color grana, los alamares dorados brillaban en las pupilas de sus ojos, Luis Miguel se dió la vuelta, arrastró sus zapatillas por el albero y gritó órdenes a sus subalternos.
Miroslava se abrazó a la montera. Aquella mole roja de más de 600 kilogramos era demasiado violenta, ni siquiera los puyazos lo habían apasiguado un poco, embestía, rugía y gemía. Salían babas de su boca y nariz, la sangre comenzaba a coagularse en el papel de china amarillo y morado, también en su lomo.
"Sang" un jijón bien armado, ya había sido sometido a la suerte de banderillas, en donde el matador se había lucido frente a ella, Miroslava no quería conceder, pero su alma se carcajeaba de felicidad. Él estaba teniendo una de sus mejores tardes, y ella, era la protagonista y la protectora.
Luis Miguel se acercó al callejón, se refrescó con un trago de agua y mientras bebía la miró de reojo, sus miradas se encontraron, sonrió, cogió su muleta y se abalanzó sobre los estribos, dándole la espalda. El toro enfrente, dando la espalda a la puerta de cuadrilla, pateó hacia atrás, rascando el albero, bufó, el público estaba en silencio.
Luis Miguel gritó al toro ¡venga, ea! y éste embistió, dió un derechazo que hizo al toro estrellarse con la madera, enfurecido, recobró el sentido y Luis Miguel brincó a la izquierda. Un natural, olé, otro, olé, derecha, ¡ooleé! aplausos. El toro furioso rascó de nuevo la arena que ya estaba seca. Ésta voló alzándose en una nube café. El matador llamó nuevamente con la muleta, ¡ea ea! mientras aquélla tela color rojo se movía con el viento, Sang embistió, un derechazo, óle, otro, óle, otro, ¡oolé! un natural ¡ooooleeé! aplausos. Se estrelló con las ancas contra las tablas, el toro estaba furioso, volteaba y embestía la barda del callejón.
Luis Miguel cambiaba de muleta y mientras sus mozos entraban al quite, unos desde el callejón, otro dentro del ruedo. La miró de nuevo, y le cerró el ojo, mientras cambiaba la espada por el estoque, éste brilló lanzando un relámpago.
Luis Miguel volteó, quedaron frente a frente. Se miraron a los ojos, el toro sin quitarle la vista de encima, bajó la cabeza, rascó la tierra, bufó, Luis Miguel le gritó ¡venga, ea, he he bonito, ea! abrió el capote por la derecha y descubrió el estoque, Sang embistió, y en eso Miroslava suspiró, Luis Miguel se distrajo, volteó a su derecha, donde ella se encontraba, en ese momento Sang subió la cabeza, el pitón blancuzco y lleno de sangre y arena, bien afilado, entró directamente por entre el costado del lado izquierdo y perforó el corazón de Luis Miguel, al mismo tiempo que el de Miroslava.
El matador quedó incrustado en las astas de Sang durante unos segundos, hasta que los subalternos y el otro matador salieron al quite. Luis Miguel cayó abatido en el redondel, el albero seco flotaba como en un remolino sobre su cuerpo sin vida y se combinaba con los borbotones de sangre que salían de su pecho. Miroslava, de pie, abrazaba la montera contra su pecho y al mismo tiempo se cubría la cara con las manos, con los ojos bien abiertos. La sangre del torero comenzó a derramarse en la arena, era del mismo tono que la chaquetilla que sus mozos intentaban quitarle. Mientras, el matador Antonio Ordóñez se preparaba para matar a Sang. Miroslava se acercó al callejón, y gritó "¡Antonio, no! ¡no lo mates! él ganó. Déjalo".
Antonio la miró, y asintió, pues él había sido testigo de las palabras de Luis Miguel, y entonces bajó la espada. Mientras el personal de la plaza se llevaba ya en una camilla el cuerpo de Luis Miguel, el juez de la plaza concedía el perdón al toro y se abrían las puertas de toriles. Toro y torero salieron al mismo tiempo. Ésta vez el toro en cuatro patas y el matador sin vida cargado por el personal.
La plaza quedó en silencio. La banda comenzó a tocar "Suspiros de España".
Geraldina González de la Vega
miércoles 26 de marzo de 2008
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